Yo veo al mundo yéndose al infierno, y al infierno enjaulado entre montañas de rencor, donde bajan rios de avaricia y ambición, y tambien habían paisajes, que solamente insensibles pueden hacer realdidad, con nubes de acero y árboles de metal, pájaros sin alas, lobos sin colmillos, flores sin raiz y estrellas sin brillo, donde el sabor ya no sabe y el saber sufrimiento, donde si te digo te miento y lo banal es intelecto, vi que me observaban entre cielos y burdos, quise ver colores pero no vi ninguno, quise respirar entre una tos feroz, me pareció gritar pero no tenia ni voz, me puse a llorar y de mis ojos nada, vi sus plantaciones y de semillas granadas, vi como pinchaban con sangre los oidos, quise recordar y recordé olvidos, casi no llegaba a lo mas profundo de mi dolor, y fue ahi donde encontré amor.

domingo, 13 de junio de 2010

Atardecer.


Estoy sentada en frente de una hoja en blanco, con la lapicera en una mano, garabateando los márgenes. Pensando qué escribir, qué palabras usar, cuál sería la forma correcta de expresar lo que siento.
Los recuerdos se agolpan en mi cabeza, momentos únicos, precisos, instantes pequeños. Las risas compartidas, los enojos sanados con un beso o un abrazo.
La garganta me duele, como si un nudo se hubiera formado allí en un segundo. Los ojos llorosos me impiden ver con claridad lo que comienzo a plasmar en el papel, sólo me guío por una voz en mi cabeza que me dicta cada palabra con lentitud y seleccionada detalladamente en una milésima de segundo.
Una leve música de fondo me ayuda a despejarme, aunque algunos versos se me clavan como puñales en lo más hondo de mi alma.
No pensé jamás que se me haría tan difícil lograr llenar algunas líneas de un cuaderno que encontré por ahí. Aunque esta es, para mi, la mejor forma de ordenar mis ideas; siento que no hay sinónimos ni antónimos que sean justos para esta ocasión.
Tengo un remolino inmenso de sentimientos que no me dejan pensar. No es posible que un recuerdo tan simple y sensato como tu sonrisa, me haga derramar lágrimas que borran tan fácilmente un par de oraciones que logré formar.
Arranco la hoja y la arrugo por completo hasta formar una esfera imperfecta, que arrojo a un costado del escritorio.
Cierro el cuaderno violentamente, al tiempo que un torrente de lágrimas arruinan mi estado de extraña tranquilidad.
Es imposible olvidarte y es más doloroso recordarte, amar y odiar a la misma persona, es posible; al menos para mi en este momento. Tal vez logre responder tu carta algún día, pero hoy no era el mejor atardecer para hacerlo.


Para variar, algo de mi autoría




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