Yo veo al mundo yéndose al infierno, y al infierno enjaulado entre montañas de rencor, donde bajan rios de avaricia y ambición, y tambien habían paisajes, que solamente insensibles pueden hacer realdidad, con nubes de acero y árboles de metal, pájaros sin alas, lobos sin colmillos, flores sin raiz y estrellas sin brillo, donde el sabor ya no sabe y el saber sufrimiento, donde si te digo te miento y lo banal es intelecto, vi que me observaban entre cielos y burdos, quise ver colores pero no vi ninguno, quise respirar entre una tos feroz, me pareció gritar pero no tenia ni voz, me puse a llorar y de mis ojos nada, vi sus plantaciones y de semillas granadas, vi como pinchaban con sangre los oidos, quise recordar y recordé olvidos, casi no llegaba a lo mas profundo de mi dolor, y fue ahi donde encontré amor.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Cabe aclarar que era un trabajo para la facu, en base a otros poemas que ya existen, así que si lo ven parecido a algo, juro que no lo robé!. Éstos, son de mi autoría. 

El puro si.

El si
El simplemente si
El si quiero
El siempre sueño silbidos en el viento
Si, sin dudar,
Solo si.
El siniestro sentimiento de aferrarme a ti
El solo si
Si te quiero
Si para todos, si para nadie
Si para algunos, solamente si.
Sin pensar, arriesgar; si para ti es completamente un sí
Silencio.
Si para siempre
Si para nunca
Si.

Mi Pa.

Mi padre
Mi palacio enorme con lagos y peces dorados
Mi pasatiempo permanente
Poderosamente preciado
Mi paciente más inconciente, que sueña
Un demente.
Mi pierna extendida unida a mi pie, que marca los pasos
Pasos, pasos dados, poco pensados.
Mi casa carece de ser parte de tu ser,
Parte de tu pasado
Poco probable comprobar si estas
Consciente, casi siempre de ser mio.
Mio para siempre, porque así parece ser

la pieza que con pereza encaja en el rompecabezas de mi corazón.

Despedida.

La mesa marrón, está vacía. Y ella sola. Papel y lapicera en mano. Ni una idea cae, las manos se mueven nerviosas. Las horas corren en el reloj. Los minutos, los segundos.
El papel sigue en blanco. ¿Cómo explicarlo? No hay manera, siempre se hace difícil la despedida. Ella lo sabe.
Cada vez es más costosa. La lapicera queda en la mesa.
El café a un lado, el reloj con su tic-tac.
La música se escucha de fondo. Armonía en las notas. Relajación que llega por un segundo. Y luego, la locura regresa otra vez.
Tal vez sea fácil la expresión en un papel. Pero se torna absurda con palabras inexistentes.
¿Inexistentes? Si. Ni dos palabras explicarían esos sentimientos. El adiós es doloroso. El amor se ha evaporado.
El papel en blanco. Un sentimiento apagado.
La lapicera en el piso y el café derramado.
El bollo de papel sucio en el tacho de basura. El adiós que era tan simple, ahora es más complicado.

La mesa marrón, quedó vacía. Un nuevo papel, la lapicera en la mano. El comienzo del hasta siempre.

La cuadra.

Para este trabajo me pidieron conceptualizar la calle donde vivo. Pasé un rato preguntándome cómo conceptualizar una calle. No tiene mucho sentido. Pero es la tarea, y si voy a vivir de esto; tengo que aprender a conceptualizarme las uñas.
Me senté un rato en la vereda, y empecé a mirarla. De esquina a esquina. Me llené de recuerdos. Yo crecí acá. Entre Garibaldi y Santa Cruz. Capdevila. Mi calle, mi casa. Algunos amigos. Muchas travesuras. Mucha nostalgia.
¿Cómo conceptualizas tus recuerdos? Creo que mi concepto es que mi cuadra, es la del recuerdo y, tal vez, nostalgia. La de los chicos jugando a la pelota, la de amigos andando en bici. La de las chicas jugando a las escondidas.
Los árboles inmensos de la esquina de Garibaldi, tan imponentes. Tres gigantes enormes, que cuidaban de nosotros. No me gustaba mucho meterme en esa esquina. Era como un mundo aparte. Pero era el mejor lugar para esconderse. Y la calle de tierra. Siempre de tierra. Pocos autos pasaban, nosotros cruzábamos de vereda a vereda como si nada. ¿Peligro? No había. Tal vez una zanja. Que cruzábamos saltando. Miedo, jamás. Historias, muchas.
Hace unos tres años asfaltaron este pedazo de mi vida. De los tres árboles queda uno, seco y solitario. Solo una sombra de lo que era.
Los chicos, mis amigos. Los perdí con los años. Éramos vecinos, hoy todos adultos. Ya no sé si siguen viviendo todos acá. Hace mucho que no los veo.
Una cuadra que tuvo mucha vida durante mi infancia, ahora la habitan los padres y abuelos de quienes disfrazábamos la vida de aventuras.
Tardes enteras en la calle, hasta que anochecía. Hasta que estaba la cena. Hasta que tenías que hacer la tarea del colegio.
Calle que por momentos se convertía en toda una ciudad, y mi casa era un barrio, y la esquina, ya era otra ciudad. Los disfraces, las carteras, las pinturas en la cara. Los carritos de bebés. Todas éramos un poco madres.
La piedra con forma de banquito, en la puerta de la casa de unos abuelos. La señora de al lado que siempre nos mojaba con la manguera. Los abuelos de mi mejor amigo, que me invitaban a jugar al bingo.

Mi infancia fue por mucho tiempo, mi refugio, mi mundo. Y esta cuadra, siempre será un poco de eso. Siempre me traerá de vuelta a mis primeros años. A mis primeros amigos. A lo que pensé que duraría por siempre.

viernes, 3 de mayo de 2013

Algo Pasa


Siempre me pareció de mal gusto andar escuchando conversaciones ajenas, pero díganme si no es genial hacerlo. En fin, uno viaja en un transporte muy metido en su mundo, haciendo la rutina de todos los días. Y de repente un alguien se para al lado tuyo y ahí empieza todo.
Suelo viajar mucho en transporte público y por lo general vivo encerrada en lo mío, con mi musiquita al palo. Cosa de olvidarte de todo antes de llegar a donde tengas que llegar. Apurado o no, siempre es bueno que la música te acompañe, sobre todo para olvidarte del ruido urbano tan contaminante.
Hace un par de días tuve la mala suerte de olvidarme mis auriculares en casa. Viajando para el laburo, en el Bondi iba mirando por la ventana, sin nada más interesante que hacer. De repente en el asiento contiguo al mío se sentó una chica. La miré de reojo, no quise observarla mucho más y no me interesó. Hicimos un par de cuadras más y noté que se estremecía de a momentos, como quien llora en silencio y se aguanta. No quise meterme. Giré la cabeza disimuladamente y, efectivamente, noté que lloraba.
Pasaron un par de minutos y sonó su teléfono. Pensé “pobre, no es momento de que la jodan”. Respiró un segundo, encontró la calma y contestó.
Obviamente no escuché lo que decían del otro lado del teléfono, pero si escuchaba muy claramente lo que contestaba ella.
-          Hola? Ah... si, ¿como estás?... Mal… no, todavía no pude. Ya sé que es importante para vos, para mi también. No me digas eso… si, si… bueno voy a ver que puedo hacer. Pero dame tiempo. Tengo que pensarlo. Si… otra vez… perdoname pero me cuesta hacer esto… Entendeme vos a mi. Ok. Bueno cuando llegue hablamos… No sé a qué hora… ¡Dejá de hablarme así!... Chau.
Habrán sido unos 10 minutos entre sus contestaciones y lo que le decían por teléfono. Nunca supe si era un hombre o una mujer quien la llamó. Sólo sé que después de que terminó, se la notaba más angustiada que antes.
Tengo una curiosidad imperiosa a veces. Así que en el camino formulé varias hipótesis y saqué varias conclusiones de eso. En un punto sentí que tendría que haberle hablado y consolarla aunque sea, sin saber qué era exactamente lo que la tenía tan preocupada.
Claramente, lejos estaba de ser una delicuente o asesina arrepentida, hablando con su cómplice de si iban a entregarse o no. ¿Con quién tenía que hablar tan urgente?
Pensé que tal vez era una mujer con una pareja de mucho tiempo y sin querer había encontrado a otra persona que era realmente para ella. Y que su angustia en realidad era por contarle la verdad a su pareja y poder dejarla.
Pensé que tal vez la estaban extorsionando por alguna razón y por eso lloraba con cada palabra que llegaba desde la voz en el teléfono.
Tal vez tenía miedo de contarle a alguien que tenía algún problema de salud y estaba hablando con la única persona que sabía y que podía ayudarla a explicarle a alguien más.
O tal vez estaba intentando dejar atrás su pasado, pero para eso tenía que hacer algo realmente importante.
Pasó un rato bastante largo desde la llamada de teléfono y entonces me di cuenta de que me estaba acercando a mi parada. Me bajé y volví la vista al colectivo, con la estúpida idea de que tal vez me viera y con solo la mirada pudiera descubrir ese misterio.
Le di vueltas todo el día al asunto y cuando llegué a casa, tenía una historia armada en la cabeza que quería escribir. Espero que sea el puntapié inicial para mi próxima novela

Miradas.


Ella había pasado por uno de esos días en los que sólo podes pensar en “Volver a casa urgente”. Cuando solamente pedís que todo termine, llegar, comer algo y morir entre las sábanas de tu cama.
Esos días en los que no hay una sola cosa que te salga bien, y que pareciera que el mundo se volvió en tu contra.
Pero de todo eso, lo que no podía evitar era mirar. Observar en detalle todo lo que la rodeaba. Esos pequeños momentos del día en los que parecía que algo de todo eso valía la pena. Esas cosas que todos pasamos por alto cuando el tiempo corre y no nos deja parar un segundo. Solo a eso. A mirar.
Una chica de barrio, que lo único que conocía era su cuadra y sabía de memoria el camino a la casa de sus amigos. Que saludaba a los más viejitos del barrio y siempre con una sonrisa. Pero que sabía que no todo era felicidad para todos.
Ella, cuando el mundo la empujó a crecer y tuvo que volverse una estudiante y laburante a la vez. Que tuvo que aprender a correr entre la gente, en las grandes calles de la capital. Que más de una vez se sintió en otro planeta. Ella, había aprendido a mirar en detalle lo que nadie miraba.
Y a mirar las miradas. A no bajar la suya, mirar directo a los ojos. Todos tienen una historia que contar, y ella lo sabía. Algunas personas son tan transparentes que solo el verlas a los ojos, deja entender un poco lo que sucede.
Así, pues, ese día tan oscuro para ella. Fue el más extraño y hermoso a la vez.
Cruzando por una plaza, camino a la parada del colectivo, vio al pasar una pareja de ancianos. Se veían felices, él le tomaba las manos. Ella sonreía. Él sacaba un libro de su bolsillo, ella cebaba mate. Y juntos leían. Tal vez una historia de amor. Nunca lo sabría.
Llegando a la parada un mendigo lloraba en una esquina, pidiendo una limosna. No pudo evitarlo, lo miró a los ojos. El mendigo dejó caer una lágrima que nadie vio, solo ella. Pareció contar toda una historia en solo un segundo. Ella lo entendió: lo único que le quedaba en el mundo desapareció, no pudo más que resignarse a perderlo todo. No deseaba el lugar en el que estaba, pero a la vez no conocía nada mejor. A unos metros había un kiosco, entró y compró un sanguche y una gaseosa. Volvió a donde el hombre. Y se los dio. Sintió que debía hacerlo. Siguió su camino hasta la parada.
Unos chicos volvían del colegio, asumió por la hora que era. Eran tres. Dos de ellos hablaban fuerte y reían con ganas. El otro estaba como en una isla, aislado del mundo. Una sonrisa un poco zonza lo acompañaba. Tal vez ese fuera uno de los días más felices de aquel chiquito. Y tal vez no pudiera compartirlo con nadie. Pero de sus ojos salía un destello, un brillo que solo puede entenderse como algo bueno.
Subió al colectivo.
Encontró asiento enseguida, había bastante gente.
Un hombre hablando por celular, vestido de traje. Tal vez volviera de la oficina, se lo notaba cansado. Una mujer bastante grande tejiendo en un asiento. Algo pequeño, tal vez un regalo a su futuro nieto.
Una joven miraba por la ventanilla. Los ojos corrían por la calle. Bajó de repente. No pudo evitar seguirla con la mirada. Ahí abajo la esperaba un muchacho. Que se la tragó en un abrazo inmenso.
Un hombre durmiendo, una chica escuchando música. El chofer hablando con otro chofer en un semáforo. Una nena jugando con una muñeca entre sus manos, su madre pensando tal vez, qué cenarían esa noche.
Y más de lo mismo.
Parecía ser un día interesante para todos. Pero ella no lo sentía así, hasta lo que veía parecía más interesante que su vida misma.
Solo deseaba llegar a casa y dormir. Todo mejoraría por la mañana.
Decidió no pensar más, no mirar más por un rato. Se puso a escuchar música, sabía que la esperaba un viaje largo.
Tal vez leyera el libro que tenía en su cartera.
Luego de un rato de lectura, levantó la mirada. Para asegurarse dónde se encontraba exactamente en ese momento.
Entonces subió. Un muchacho de ojos azules, profundos. Enormes. Únicos.
Pagó su boleto y buscó lugar entre la gente. Ya casi no había espacio.
Algunas cabezas la separaban de esa mirada tan penetrante. Y no pudo evitar seguirlo mirando. Había algo en él que no entendía, un misterio que guardaba. Lo quería develar.
Él recorrió todo el colectivo con sus ojos. Como iluminándolo.
Y clavó la mirada en ella.
Ella por un momento pensó que no podría sostenérsela. Sintió como sus mejillas ardían. Pero no bajó la cabeza y él tampoco. Sonrieron juntos. Él parecía querer salir de la trampa de gente que lo aprisionaba, parecía querer correr hacia ella.
Ella solo lo miraba, esperando que pasara algo fuera de lo normal.
Sonó un celular. Él desvió la mirada y lo atendió. Parecía preocupado, de repente entristeció. Todo parecía derrumbarse a su alrededor. ¿Qué sucedió?
La llamada duró varios minutos, él no volvió a mirarla. Cortó.
La buscó por un instante, no la encontró. ¿Había bajado y no lo notó? Ella sintió que estaba interrumpiendo algo y continuó leyendo su libro.
Un instante después volvió a levantar la mirada y ahí la esperaban esos ojos. En el mismo punto en donde se habían abandonado.
Parecieron contarse sus historias con un par de miradas, esos ojos hablaban. Los dos parecían conocerse desde hacía un tiempo. Pero no se recordaban.
Rieron. Pero la gente estaba tan metida en sus mundos, que nadie lo notó. Solo ellos.
De repente una mirada de tristeza y bronca a la vez, atravesó los ojos de ella. Era el momento de despedirse. Él debía abandonar el colectivo en la próxima parada.
Muchas veces uno viaja con la misma gente a ciertas horas del día. Pero ella estaba segura de no haberlo visto antes. Aunque al mismo tiempo sentía que lo conocía.
Él hizo un intento por acercarse a ella, pero era imposible entre tanta gente. No quedaba más remedio que bajar.
Tocó el timbre y giró la cabeza. La miró por última vez. Pareció desearle un hermoso final del día y se despidió con una sonrisa. Fue el amor más fugaz que nunca nadie sintió. Solo ellos dos.
Ella le sonrió y lo vio abandonar el transporte.
Sintió una enorme tristeza, pero luego fue feliz. Se dio cuenta que hay personas que pueden cambiar tu día en tan solo un momento. Incluso aunque no las conozcas.
Y así llegó a su casa con una sonrisa, sintiendo que ese amor a primera vista, veloz y extraño a la vez, lo recordaría para siempre.
Todo está en lo simple de las cosas. Ella lo sabía y terminó de comprobarlo. Por eso siempre regalaba sonrisas a desconocidos.
Nunca se sabe quién puede estar esperando una mínima demostración de que todo estará bien. Solo una sonrisa hace falta. Eso es todo.