Yo veo al mundo yéndose al infierno, y al infierno enjaulado entre montañas de rencor, donde bajan rios de avaricia y ambición, y tambien habían paisajes, que solamente insensibles pueden hacer realdidad, con nubes de acero y árboles de metal, pájaros sin alas, lobos sin colmillos, flores sin raiz y estrellas sin brillo, donde el sabor ya no sabe y el saber sufrimiento, donde si te digo te miento y lo banal es intelecto, vi que me observaban entre cielos y burdos, quise ver colores pero no vi ninguno, quise respirar entre una tos feroz, me pareció gritar pero no tenia ni voz, me puse a llorar y de mis ojos nada, vi sus plantaciones y de semillas granadas, vi como pinchaban con sangre los oidos, quise recordar y recordé olvidos, casi no llegaba a lo mas profundo de mi dolor, y fue ahi donde encontré amor.

viernes, 3 de mayo de 2013

Miradas.


Ella había pasado por uno de esos días en los que sólo podes pensar en “Volver a casa urgente”. Cuando solamente pedís que todo termine, llegar, comer algo y morir entre las sábanas de tu cama.
Esos días en los que no hay una sola cosa que te salga bien, y que pareciera que el mundo se volvió en tu contra.
Pero de todo eso, lo que no podía evitar era mirar. Observar en detalle todo lo que la rodeaba. Esos pequeños momentos del día en los que parecía que algo de todo eso valía la pena. Esas cosas que todos pasamos por alto cuando el tiempo corre y no nos deja parar un segundo. Solo a eso. A mirar.
Una chica de barrio, que lo único que conocía era su cuadra y sabía de memoria el camino a la casa de sus amigos. Que saludaba a los más viejitos del barrio y siempre con una sonrisa. Pero que sabía que no todo era felicidad para todos.
Ella, cuando el mundo la empujó a crecer y tuvo que volverse una estudiante y laburante a la vez. Que tuvo que aprender a correr entre la gente, en las grandes calles de la capital. Que más de una vez se sintió en otro planeta. Ella, había aprendido a mirar en detalle lo que nadie miraba.
Y a mirar las miradas. A no bajar la suya, mirar directo a los ojos. Todos tienen una historia que contar, y ella lo sabía. Algunas personas son tan transparentes que solo el verlas a los ojos, deja entender un poco lo que sucede.
Así, pues, ese día tan oscuro para ella. Fue el más extraño y hermoso a la vez.
Cruzando por una plaza, camino a la parada del colectivo, vio al pasar una pareja de ancianos. Se veían felices, él le tomaba las manos. Ella sonreía. Él sacaba un libro de su bolsillo, ella cebaba mate. Y juntos leían. Tal vez una historia de amor. Nunca lo sabría.
Llegando a la parada un mendigo lloraba en una esquina, pidiendo una limosna. No pudo evitarlo, lo miró a los ojos. El mendigo dejó caer una lágrima que nadie vio, solo ella. Pareció contar toda una historia en solo un segundo. Ella lo entendió: lo único que le quedaba en el mundo desapareció, no pudo más que resignarse a perderlo todo. No deseaba el lugar en el que estaba, pero a la vez no conocía nada mejor. A unos metros había un kiosco, entró y compró un sanguche y una gaseosa. Volvió a donde el hombre. Y se los dio. Sintió que debía hacerlo. Siguió su camino hasta la parada.
Unos chicos volvían del colegio, asumió por la hora que era. Eran tres. Dos de ellos hablaban fuerte y reían con ganas. El otro estaba como en una isla, aislado del mundo. Una sonrisa un poco zonza lo acompañaba. Tal vez ese fuera uno de los días más felices de aquel chiquito. Y tal vez no pudiera compartirlo con nadie. Pero de sus ojos salía un destello, un brillo que solo puede entenderse como algo bueno.
Subió al colectivo.
Encontró asiento enseguida, había bastante gente.
Un hombre hablando por celular, vestido de traje. Tal vez volviera de la oficina, se lo notaba cansado. Una mujer bastante grande tejiendo en un asiento. Algo pequeño, tal vez un regalo a su futuro nieto.
Una joven miraba por la ventanilla. Los ojos corrían por la calle. Bajó de repente. No pudo evitar seguirla con la mirada. Ahí abajo la esperaba un muchacho. Que se la tragó en un abrazo inmenso.
Un hombre durmiendo, una chica escuchando música. El chofer hablando con otro chofer en un semáforo. Una nena jugando con una muñeca entre sus manos, su madre pensando tal vez, qué cenarían esa noche.
Y más de lo mismo.
Parecía ser un día interesante para todos. Pero ella no lo sentía así, hasta lo que veía parecía más interesante que su vida misma.
Solo deseaba llegar a casa y dormir. Todo mejoraría por la mañana.
Decidió no pensar más, no mirar más por un rato. Se puso a escuchar música, sabía que la esperaba un viaje largo.
Tal vez leyera el libro que tenía en su cartera.
Luego de un rato de lectura, levantó la mirada. Para asegurarse dónde se encontraba exactamente en ese momento.
Entonces subió. Un muchacho de ojos azules, profundos. Enormes. Únicos.
Pagó su boleto y buscó lugar entre la gente. Ya casi no había espacio.
Algunas cabezas la separaban de esa mirada tan penetrante. Y no pudo evitar seguirlo mirando. Había algo en él que no entendía, un misterio que guardaba. Lo quería develar.
Él recorrió todo el colectivo con sus ojos. Como iluminándolo.
Y clavó la mirada en ella.
Ella por un momento pensó que no podría sostenérsela. Sintió como sus mejillas ardían. Pero no bajó la cabeza y él tampoco. Sonrieron juntos. Él parecía querer salir de la trampa de gente que lo aprisionaba, parecía querer correr hacia ella.
Ella solo lo miraba, esperando que pasara algo fuera de lo normal.
Sonó un celular. Él desvió la mirada y lo atendió. Parecía preocupado, de repente entristeció. Todo parecía derrumbarse a su alrededor. ¿Qué sucedió?
La llamada duró varios minutos, él no volvió a mirarla. Cortó.
La buscó por un instante, no la encontró. ¿Había bajado y no lo notó? Ella sintió que estaba interrumpiendo algo y continuó leyendo su libro.
Un instante después volvió a levantar la mirada y ahí la esperaban esos ojos. En el mismo punto en donde se habían abandonado.
Parecieron contarse sus historias con un par de miradas, esos ojos hablaban. Los dos parecían conocerse desde hacía un tiempo. Pero no se recordaban.
Rieron. Pero la gente estaba tan metida en sus mundos, que nadie lo notó. Solo ellos.
De repente una mirada de tristeza y bronca a la vez, atravesó los ojos de ella. Era el momento de despedirse. Él debía abandonar el colectivo en la próxima parada.
Muchas veces uno viaja con la misma gente a ciertas horas del día. Pero ella estaba segura de no haberlo visto antes. Aunque al mismo tiempo sentía que lo conocía.
Él hizo un intento por acercarse a ella, pero era imposible entre tanta gente. No quedaba más remedio que bajar.
Tocó el timbre y giró la cabeza. La miró por última vez. Pareció desearle un hermoso final del día y se despidió con una sonrisa. Fue el amor más fugaz que nunca nadie sintió. Solo ellos dos.
Ella le sonrió y lo vio abandonar el transporte.
Sintió una enorme tristeza, pero luego fue feliz. Se dio cuenta que hay personas que pueden cambiar tu día en tan solo un momento. Incluso aunque no las conozcas.
Y así llegó a su casa con una sonrisa, sintiendo que ese amor a primera vista, veloz y extraño a la vez, lo recordaría para siempre.
Todo está en lo simple de las cosas. Ella lo sabía y terminó de comprobarlo. Por eso siempre regalaba sonrisas a desconocidos.
Nunca se sabe quién puede estar esperando una mínima demostración de que todo estará bien. Solo una sonrisa hace falta. Eso es todo.

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